domingo, 17 de marzo de 2013

Café

    'El problema no está fuera, el problema está dentro' Solía repetirme mi padre cuando tenía problemas existenciales, lamentablemente tenía razón, no poder controlar lo que dentro de mí había me desesperaba, hasta el punto de creer que el control de mi vida no lo tenía, y en cierto sentido no lo tenía.
    Eran las tres y media de la tarde, aproximadamente, y fuera de mi casa, niños gritaban sin parar corriendo de un lado a otro, jugando mil veces a lo mismo, repitiendo todo el rato el mismo sistema de juego, no los entendía, y parecía ridículo cuestionarme el actuar de los niños, pues... Son niños y evidentemente había un error en lo que pensaba.  Después de tomarme casi 5 tazas de café de grano espeso, sentía que mi corazón podría salir en cualquier momento, y ahí comprendí por qué me molestaban los niños de afuera.
    Estaba leyendo un libro cuando la vista se me empezó a nublar, me maree y corrí al baño a vomitar nada, porque nada tenía en el estómago, solo café espeso de quizá qué parte de Colombia.
Tenía un enredo bastante complicado en la cabeza, aparte de lo desorientado que estaba por mi situación física, no entendía varias cosas que me atormentaban a menudo,  sabía como era la vida, pero no quería aceptarlo, ¿Por qué aceptar algo simplemente por creer saber como es? Algo en mí crecía, un hambre extraño de conocer más allá de la percepción imperante (pero no absoluta) llamada razón, algo había más allá, y la ficción que nos obligábamos a digerir estúpidamente los humanos, la única ficción que nos tragábamos fácilmente era que la razón era lo que nos mantenía en pie, el sentido común era lo correcto y que nada fuera de esto existía. ¡Qué estúpido conformismo!
Sabía que tal vez nunca tendría respuesta a las preguntas que envolvían mi cabeza, pero si tenía el hambre de encontrarlas y esa era la fuerza que tiraba del carro. Posibles realidades no quería pensar porque serían nada más que ficción, quería estar totalmente lúcido para experimentar  y ver en su máximo esplendor y sin complicaciones lo que la vida, o aun más que eso, lo que el creador de la vida podía y quería entregar.

E.Silverking

jueves, 7 de marzo de 2013


         
         Siempre los poetas han reconocido al caminar, al viajar, al olfatear y al deambular como los mejores caldos de emprendimiento de los sueños y lo son, en algo mi alma se arrepiente y es el de convertir los versos en técnicas del trabajo neuronal y dejar de lado la expresión humana y lo real de aquellos mismos términos, “caminar” bajo la conjugación de los vientos que recorren las voces desde lo boreal a lo austral, “viajar” entendiendo que si un paso das son momentos los que capturas y no kilómetros, “olfatear” aromas que se esfuman en el interior mismo del pensar y el sentir. El “deambular” debe estar después de un punto seguido por la simple razón, la razón simple de que es la mirada de la línea ferroviaria que perdió las vías y salto al esponjoso y ambicioso mundo de las nubes y el humo pues su forma es ambiciosamente inesperada pero contagiada de la esencia  de la vida, la persona y el hombre que se olvidó de deambular perdió su zapatos de lona y los hecho al fondo del mar.
       Cuando él intentó correr con las alforjas vacías, sin los instrumentos del cosmonauta de las palabras se perdió en la mirada de las calles que van y vienen y cuando piensas que vuelven realmente van, como si el policía que las dirige las tuviera tan claras que es capaz de confundirte en tu propia materia gris y lo hace, pues el controla el flujo y el desarrollo de los caminos; Pues corrió igualmente invocando a los elementos sobre inteligentes como las cuerdas de la madera que resuenan entre las clavijas y sintiendo a la luz de los ojos la mirada de ella y el desencuentro con el destino a la vuelta de la esquina.
         La poesía no se entiende, se vive y las letras son uno de los diques que la logran detener.