lunes, 14 de enero de 2013

Notas E. Silverking, noviembre 1837

Corría el año 1837, era algún día de noviembre, caminaba por alguna razón por una calle poco transitada, bueno en realidad la razón la tenía muy bien pensada; llegar más rápido a mi destino, una taberna que quedaba al otro lado de la ciudad. Mientras caminaba, me esmeraba en ver a la gente de mi alrededor, y qué es lo que hacían, busqué alguno que hiciera algo diferente, y no tuve resultados favorables, todos trabajaban con mucho afán, como si no hubiera mañana, los niños empapados en lodo, por los charcos de agua que habían en las calles regadas de baches, hacían oídos sordos a los llamados de sus madres  que los llamaban desde las ventanas para entrar. No sabía la hora con exactitud, pero mi intuición, que por cierto siempre ha sido mala, me decía que tal vez eran como las seis o siete de la tarde, seguí caminando hasta que salí a una calle bastante más ancha que los callejones que había dejado atrás, y como si fuera un mundo opuesto, todo cambió, ahora no trabajaba la gente en esta parte de la ciudad, sino que estaba sentada en sus patios con césped bien cuidado, niños y niñas bien vestidos jugaban con sus perros bien bañados, y mayordomos servían té en tazas que estaban sobre mesas en los jardines, era diferente aparentemente hablando, pero algo era igual... Lo que es el humano ególatra en esencia se podía ver, sobre todo cuando es regido por algo que no incluye la existencia, cualquiera sea la posición en la que se encontraba un ser, por esto muchas situaciones y hechos no entendía, porque yo comprendía y aprehendía el Ser de otra forma. Hace algunos años intenté entrometerme en asuntos de señores y nada resultó, también quise probar la vida del trabajador esforzado y del campesino, era bastante 'digna', pero mi alma era perceptiva a lo que mis sentimientos demandaban, fuera de eso todo me parecía superficial y frívolo, carente de profundidad y goce, y mientras más me acercaba a mi taberna favorita pude percatarme de algo que realmente me dejó estupefacto, un árbol a lo lejos bailaba al son de una brisa, solo se entendían ellos, existía una armonía sublime en ellos, y con esta revelación comprendí que la belleza de la vida está en la libertad, pero no en la libertad que está en los jardines con mayordomos, ni en las tabernas de la ciudad, es una libertad más profunda, más abismante, es la libertad que une las almas, y es hecha poesía, en lo sensible para poder respirarla.

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